Santa Marta histórica

Por Enrique Patiño

Santa Marta y el río Magdalena nacieron de una historia de amor y de un desamor. Fueron tan voraces y furiosos ambos que tanto el romanticismo como la tragedia definieron su destino.

El enamorado tiene una estatua que mira al mar en el camellón de Santa Marta. Se llamó Rodrigo de Bastidas, era un notario sevillano que se convirtió en aventurero y reunió lo suficiente como para recorrer a nombre de la Corona española la Costa Atlántica de principio a fin.

Fue el primer español en hacer un recorrido desde el Cabo de la Vela hasta el Golfo de Urabá, apenas nueve años después de que Colón llegara al continente. Le costó 20 años volver, pero lo hizo con una obsesión: fundar la ciudad perfecta del Nuevo Mundo en una bahía de aguas tranquilas que había visto en su primer viaje.

La recordaba bien: allí corría el viento y las montañas permitían escapar del calor. Había cervatillos, tortugas marinas, peces que se capturaban casi que con la mano, árboles de trupillo y ríos fríos que bajaban de los nevados.

Muy cerca de allí, apenas a una hora en sus naves, era posible acceder a un río tempestuoso como solo eran los de este lado del mundo, al que llamó como el personaje de la Biblia que llora la muerte del Mesías: el río de la Magdalena. Supo que por ahí accedería al resto del territorio.

El 29 de julio de 1525 puso pie en la orilla de la bahía de Gaira, bautizó la primera ciudad de América en homenaje a Santa Marta, patrona de Sevilla que cumplía ese mismo día, y se propuso hacer tratos amables con los indígenas. Desembarcó con parejas casadas dispuestas a tener descendencia, vacas, cerdos, yeguas y perros. Los habitantes de ahí eran de etnias como los kogui, los arhuacos, los chimila y los malebúes, y algunos de ellos recogían conchas de las cuales extraían la cal que mezclaban más tarde con hojas de coca.

Ese mismo día, Bastidas, pletórico, selló su declaración de amor: .

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